¿Cómo es el cielo en Malvinas?


Recuerdo cuando ayudé a mi hermana con la mudanza. Encontramos al gato de la vecina en el ascensor, perdido, y lo llevamos al departamento hasta que llegara la dueña. Al rato, cuando acomodábamos algunas cajas y jugábamos con el gato, llegó el maestro mayor de obras a cobrar parte de la construcción de la nueva casa.
    El hombre, que aparentaba aproximadamente cuarenta o cincuenta años, se sentó en una silla junto a la mesa y charlaba con mi hermana sobre el avance de la obra mientras yo jugaba con el gato arriba del sillón. Él preguntó el nombre del animal y cuál era su edad, le respondimos que desconocíamos esa información y le explicamos que lo habíamos encontrado y que estábamos esperando a la vecina.
    No sé cómo engancharon el tema de los comegatos en Rosario, yo seguía paveando con el michi y presté atención a la conversación cuando mi hermana dijo algo como: “Se ve que hubo una época en que la gente se cagaba de hambre en serio y comían gatos porque es lo que más abunda en esta zona… no sé…”
    El maestro mayor de obras contestó que sí, que cuando la gente no tiene qué comer se la rebusca. De manera casual, como anécdota de domingo, como un relato de sobremesa; sentado tranquilo en la silla, apoyado sobre la pared y con las piernas cruzadas, contó:

    “Vos sabés que yo tuve que comer gatos en Malvinas. Yo soy ex-combatiente y me acuerdo que estábamos allá con el grupo y hacía días que no comíamos. Por ahí solía haber gatos dando vueltas y no nos quedó otra que agarrarlos y comerlos. A mí me daba cosita cazarlos y despellejarlos. Había dos de los muchachos que siempre eran los que salían a buscarlos, pero yo de la impresión no podía ni mirar cuando prendían el fuego y los cocinaban (hizo un gesto con las manos, como señalando un lugar en el vacío de la cocina. El lugar del fuego asando los gatos, como si el recuerdo se hubiera proyectado frente a sus ojos en una imagen viva).

Después, por supuesto que los comía. Era un sabor insípido, pero era lo único que teníamos para comer y no me quedaba otra. Pero ¿cazarlos y matarlos?... no ... no…” (negó con la cabeza y terminó el relato).    Estaba escuchando atentamente hasta que todo se paró. Mi hermana me miró y yo la miré a ella. Luego miré al gato negro jugando con mi bufanda en el sillón. Hubo un silencio en el departamento, en el edificio entero. Ni un solo colectivo pasó por Avenida Avellaneda, no se escuchó ni una bocina. En medio del silencio, apareció en la cocina la imagen de un joven en uniforme comiendo un gato asado, en una isla lejana, en un tiempo no tan lejano, rodeado de olor a carne quemada y bajo una luz de guerra.
    Lo miré, Estaba mirando hacia la ventana, tranquilo. El silencio fue muy corto. Yo no sabía qué decirle, qué preguntar, qué comentar. No quería ser impertinente con mis preguntas, y tenía muchas para hacer. No quería tornar la conversación incómoda, a pesar de que no había nada de qué incomodarse ni discutir, ni cuestionar… solo se trataba de un recuerdo que aún sigue vivo, ansioso de salir.
    Mi hermana desvió la conversación volviendo al tema de la leyenda en Rosario. El hombre no se inmutó. Seguía mirando la ventana, sus facciones seguían igual de descontracturadas, de solemnes. Contó aquello con tal tranquilidad que si no hubiese sido por mi timidez le hubiese preguntado todo lo que se me venía a la cabeza: ¿Cuántos combatientes eran?, ¿qué edad tenía?, ¿dónde estaban?, ¿qué había pasado realmente?, ¿cómo volvieron?, ¿qué le pasó después de la guerra?, ¿por qué se dedicó a la construcción?, ¿cómo es el cielo en Malvinas?






Egle Nazar

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