45 minutos
(La persistencia de la memoria - Salvador Dalí)
Cuarenta y cinco minutos. Ese es el tiempo estimado de una cirugía. Cuarenta y cinco minutos es lo que dura un recital, el tiempo que lleva mirar un largometraje, escuchar un concierto del barroco, salir a comer con la persona que te mueve el piso, ir al boliche con tus amigas… Estaba por cumplir quince cuando tuve mi primera cirugía. Fue una videolaparoscopia de útero porque tenía dos quistes benignos de seis y tres centímetros pegados a mi trompa de falopio izquierda y temían que crecieran provocando presión sobre mi trompa y que explote. La causa de esa cirugía, más que nada, fue para saber si la hematuria constante que yo tenía desde principio de año -es decir, sangre en la orina, cada vez que orinaba- era de causa ginecológica. Luego de la recuperación el sangrado persistió días, semanas y meses. Fui a nefrólogos, pasé por quinticillones de clínicos. Saca sangre, ponga sangre, saca sangre, estabilicela que tiene bajo el hematocrito…
Conseguimos un urólogo que investigó mi caso a fondo. La vejiga estaba bien, forma y tamaño conservados; ambos riñones estaban bien, forma y tamaño conservados; imagen va, imagen viene, tomografías, ecografías, ecodoppler, tomografía, yodo, contraste, tomá agua, retené, respirá hondo, soltá, ¡más hondo! A internación, una unidad de O positivo…
Ureteroscopia rígida. Anestesia completa, la segunda anestesia general a los quince años. El equipo de urología pudo determinar que el sangrado provenía del riñón izquierdo. La cámara pudo captar cómo la sangre era expulsada del uréter izquierdo. A los meses otra ureteroscopia ingresando por el uréter hasta la entrada del riñón izquierdo. Otra anestesia general, dolor de espalda, “Aplíquele calor, señora. Si tiene bañera que su hija se quede en la bañera con agua caliente así se le pasa el dolor. Es común que moleste puesto que el ureteroscopio, al ser rígido, provoca más molestias en el paciente. Su hija necesita repetir el estudio con un ureteroscopio flexible así podemos ingresar al riñón y verlo desde dentro, para determinar la causa de la hematuria. Aquí no, señora, en Buenos Aires.”
La plancha me irradiaba calor, ¡qué bañera ni qué bañera! La ducha no fuincionaba hace meses, hay que cambiarle el pendorcho. El agua caliente no salía, calentábamos agua en la pava. ¡Bañera dice! De costado en la cama, mi mamá apoyaba la toalla y conectaba la plancha. Lentamente pasaba el calor para calmar mi dolor. Todavía siento la plancha quemándome, pero no digo nada, no quiero que mamá se preocupe.
Cuarenta y cinco minutos dura una oración en la iglesia pensando en los desamparados.. Personas desconocidas entablaron conversaciones con mi madre. “Voy a orar por ustedes, díganme sus nombres, yo voy a pedir por ustedes”. Nunca supe quiénes eran, de dónde venían, qué hacían. Sólo sé que oraban por y para desconocidos en situaciones desesperantes. “Fijate, hija. No nos conocen, no saben nada de nosotros y sin embargo se toman su tiempo de ponernos en sus oraciones. No seremos creyentes pero esos gestos hay que agradecerlos. Usan su tiempo para orar por nosotras.”
No sé mamá. No somos creyentes pero fuiste con el Padre Ignacio con una foto y una prenda de ropa mía. Trajiste bidones de agua bendita para que yo tome -¡nunca lo hice mamá!- y aquél hombre a quien le contaste mi caso que te dio una hoja con los versículos de la biblia:
“Pero una mujer que padecía de flujo de sangre desde hacía doce años, y que había gastado en médicos cuanto tenía, y por ninguno había podido ser curada,
44 se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto; y al instante se detuvo el flujo de su sangre.
45 Entonces Jesús dijo: ¿Quién es el que me ha tocado? Y negando todos, dijo Pedro y los que con él estaban: Maestro, la multitud te aprieta y oprime, y dices: ¿Quién es el que me ha tocado?
46 Pero Jesús dijo: Alguien me ha tocado; porque yo he conocido que ha salido poder de mí.
47 Entonces, cuando la mujer vio que no había quedado oculta, vino temblando, y postrándose a sus pies, le declaró delante de todo el pueblo por qué causa le había tocado, y cómo al instante había sido sanada.
48 Y él le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; ve en paz.”
(La curación de la hemorroísa)
A las dos semanas de haber leído eso, dejé de sangrar por la orina. No perdía más sangre. Los médicos de mi ciudad no encontraban explicación. “Esperemos que no vuelva a pasar”.
Pero se ve que mi fe no era demasiado fuerte, era nula y a los diez meses comencé a sangrar nuevamente de forma agresiva: despedía coágulos de sangre.
“¡Buenos Aires! Tienen que ir a Buenos Aires”.
Doctor, por favor, necesito una ureteroscopia flexible con láser holmium. “El Doctor cerró el consultorio”. Pero pedimos turno con un mes de antelación. “Sí, pero acaba de irse” Pero teníamos turno. “Se lo puedo programar para la semana que viene”. Vivimos en el interior y no vinimos hasta acá al pedo, ¡que un médico responsable nos atienda!
“Sí, sí. Vamos a realizar ese estudio después de hacer algunas imágenes”. Pero acá trajimos todas las imágenes anteriores, doctor. “Sí, pero nuestras imágenes son mejores y quizás podamos ver si encontramos algo”. Pero Doctor, no se ve nada. En estas imágenes no figura nada. “Pero las nuestras son mejores”... ¡No van a encontrar nada carajo! “Nuestras imágenes son mejores”...
Imagen, tras imagen. Tomografía, contraste, yodo, ecografía. “No encontramos nada”. ¡Y no! ¡Si no se ve nada! ¡Haga la ureteroscopia! “Ya vamos a encontrar algo”. Otra tomografía.
Vuelta al interior,, los doctores indignados por la situación. “¿Cómo que no encuentran nada? ¿No te realizan la ureteroscopia?” ¡No, doctor! “Bueno, hagamos una arteriografía porque quizás se trate de una mala conexión de venas y arterias en la zona del riñón. Si ese es el caso, podemos solucionarlo acá”.
Madre mía. Anestesia local, dos cirujanos y una enfermera. ¡Alto pinchazo! Todavía me duele, pero no le digo nada a mi mamá, no quiero preocuparla.
No se encontró nada, ¡claro que no! ¡Hay que usar el láser! No sé cómo, no recuerdo cuándo, dejé de meter sangre, dejé de luchar… ¡por fin! Llegamos al láser después de amenazar con que no quería vivir más así.
Cuarenta y cinco minutos después dejé de perder sangre, dejé de tener bajo el hematocrito.
Luego de cincuenta minutos dejé de pensar en mi orina. A los dos años ya no sentía palpitaciones. Nueve años después siento que cuarenta y cinco minutos de terapia no son suficientes. El tiempo ya no es suficiente. Luego de tres años seguidos con pinchazos, ecografías, yodo, cirugías, anestesias, el tiempo no existe para mí. ¿Cómo puedo reducir todo ese malestar, dolor, incertidumbre, inconsistencia e inexactitud terminológica en cuarenta y cinco minutos de cirugía con láser? Listo, me curé. “Hija, tu fe te ha salvado. Ve en paz”... no encuentro paz. No hubo paz en tres años, no hay paz en cuarenta y cinco minutos, no veo el camino de la paz luego de nueve años.
Cuarenta y cinco minutos dura una vida, un dolor, un amor, una tragedia… todo cuanto se estima y vale la pena lo encontramos en los cinco minutos restantes. Cuando tiras la bata y te cambias con tu ropa de siempre en el baño. Diez minutos después estás afuera del hospital, con un nuevo aire, un nuevo futuro y nuevos objetivos a alcanzar.
Pero seguís viviendo como si solo tuvieras cuarenta y cinco minutos para terminar la partida y pasar al siguiente nivel. Pensás que estás jugando al mismo juego una y otra vez a pesar de todas las oportunidades que tenés para salir de él… obvias el botón de “¿Terminar partida?” y seguís, rehaciendo los mismos niveles en tu cabeza una y otra y otra y otra vez… completas el mismo juego mental hace cinco años y no te animas a salir porque no sabés si vas a ser capaz de jugar los otros juegos más desafiantes, complejos y reales…
Tenés miedo de perder, de reintentar los niveles hasta completarlos, miedo a perder puntos, energía, miedo a morir en el juego de la vida.
ESCRITO EL 20 DE ABRIL DE 2021



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