Mente de cristal

 Siento que dentro de mi cráneo hay un vaso de cristal.

Lo siento llenarse de líquido, a veces al levantarme de la cama se derrama un poco. Puedo percibir el líquido chorreando por las paredes internas. No duele, no lastima, solo es una sensación de derrame.

Cuando pienso cosas en exceso o cuando estoy en mi cotidaneidad haciendo cualquier cosa pero estar pendiente de mi mente, puedo sentir cómo se raja el vaso.


Una grieta disponible. Un tajo que saca a la luz un recuerdo, un flashback. Gotea, chorrea... pareciera que el vaso sigue lleno y está a punto de rebalsar, pero no lo hace. La grieta es cada vez más larga y llega hasta la base del mismo, en ese instante las lágrimas comienzan a surgir de mis ojos. Un llanto desconsolador, que sale a borbotones, no para y lastima el pecho.


Me pican las costillas, me zumban los oídos, me duele la garganta, me pica el alma.


¿Otra vez? ¿Qué pasó? ¿Cómo hago para que el vaso deje de llenarse de líquido, deje de romperse con la presión?


Aún con grietas el vaso sigue llenandose de culpas, de enojo, de miedos, de dudas, de sueños, de problemas, de emociones, de paranoias, de disfraces, de terror, de violencia, de intranquilidad, de malestar, de agotamiento, de cansancio, de sueño, de muerte...

Y no para.


Otra grieta aparece al poco tiempo. Un tajo hace crujir la base y se desestabiliza el objeto. Hay momentos en los que las migrañas adormecen la boca, la mitad de la cara. El hormigueo asciende hacia la sien. Otra grieta.

Recuerdos dolorosos, el pip de la máquina, los vasos volando alrededor de la mesa redonda, los gritos desenfrenados, los cuchicheos nocturnos, las salidas en auto sin rumbo, una incertidumbre constante de ¿y ahora qué? ¿qué es lo peor que puede pasar?


Pues, esto...

Quiero volcar el vaso, llenarlo de nuevo con otro líquido más brillante, más colorido, lleno de vida, de ánimos, de felicidad, de cosquillas, de vibraciones, de futuro, de accesorios, de ganas, de impulso, de soluciones, de amor, de paz, de todo menos lo que tiene...


Cambiar el vaso no suena resolutivo, el líquido va a ser el mismo. No hay llave de paso que lo cierre, chorrea por todos lados, se inunda mi conciencia. No puedo pararlo. 


¿Cómo hago?


¿Espero a que se rompa el vaso? ¿Espero a que estalle?

Miles de partículas de vidrio dispersas por doquier, en rincones oscuros pueden llegar a sangrar, y no quiero eso. No otra vez.


Puedo sentir que mi mente es un vaso que se resquebraja de vez en cuando. No puedo evitar el despliegue de emociones que se conectan entre sí y chorrean, sangran, se liberan...


Tal vez lo que me quede es aprender a vaciar constantemente el líquido que me atormenta y llenar mi vaso con otros líquidos que caigan gentilmente en él, sin la violencia y el peso con el que aquel líquido ha ingresado todos estos años.


Solo me queda esperar...



 

Por Egle Nazar, Enero 2024



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