El muchacho del Sur (elixir patagónico)

   




    Tuve mucho miedo de ser azul. El fuego de los Andes cambiaba de color cada noche y no podía escuchar el movimiento del agua. Así que me subí a la primera lancha que zarpaba a la mañana temprano.

    El elixir patagónico me quemaba la comisura de la boca y me apretaba la garganta. Hacía tiempo que no sentía los olores y un cosquilleo en mi nariz me hizo lagrimear. Me picaba la cara con el viento y no me preocupé demasiado por mi cabello, aunque sentía que la brisa de la mañana me quería arrancar la cabeza.

    Concentrada en ese engranaje de sensaciones, lo vi por primera vez. Llevaba encima todos los colores del firmamento y la luz del sol saliente resaltaba la tintura de su cabello revoltoso. Lo miré a los ojos y sentí cómo su mirada me veía completamente. Fue la única vez que sentí que alguien me viera. Viera mis colores de verdad y temí que los notara opacos, rodeados de negrura. Sin embargo, se acercó a mí igual, y comenzamos a charlar.


    En las horas que pasaban, intenté a toda costa convencerme de de cruzar el lago con él, pero las aguas estaban intranquilas y llevaba encima una inseguridad que me atravesaba la piel. No quería que él viera mis colores terrenales, no quería volver a tierra. Quería quedarme allí en medio del elixir patagónico refulgente, con los picos nevados y los gritos empinados junto a él, junto a su risa y su luz brillando como la nieve. Porque en la tierra todo se derrite, todo se apaga...


    El temor se apoderó de mí cuando él me insistió en acompañarlo en la próxima lancha. Sabía que una vez que tocáramos tierra el elixir desaparecería arrastrándolo a él. Yo no quería eso. Tenía miedo de volverme azul, de perderme en los colores del paisaje y que él ya no pudiera verme.

    Él propuso tomar café con chocolate y se me revolvió el estómago. Seguía comentando sobre caminar por el cerro, ir al centro y comprar más chocolate. Ya no quería escucharlo, necesitaba detener su parla y de repente sentí la impetuosa necesidad de quedarme aunque sea, con uno de sus colores. No quería volver a ser azul, no quería volver a tierra y que él notara mis verdaderos colores y me odiase, me detestase, me escupiese... Con tal de poseer un solo color suyo me bastaba para cambiar la pintura. No podía pedirle que me diera uno, por supuesto, ¿quién hace eso sino con la persona que ama? Pero esto no se trataba de amor, se trataba de seguir manteniendo vivo el elixir de los Andes.


    Así que, cuando él miraba hacia los picos nevados y me narraba todas las aventuras que recorrer una vez lleguemos a tierra, saqué mi cortaplumas de bandolera, me cercioré que las tres personas que estaban sentadas en la lancha junto a nosotros no estuvieran mirando y mientras hablaba, lo apuñalé.


    El calor rojizo rodeó mi muñeca y mi corazón volvió a latir. Se ne rompía el pecho y me ardía la cabeza. Él escupió todos sus colores por la boca y salpicaron en mi cara, pero de todos ellos, el rojo fue mi favorito.




28 de Marzo 2024

Por EGLE NAZAR

Comentarios

  1. Bonita entrada entre lineas se ve que ama lo que haces
    Abrazos desde Miami
    Mucha de la Torre

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    Respuestas
    1. Muchas gracias :) Muy amable, me alegro que te haya gustado. Nos leemos 💖🧉

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  2. Recién me doy cuenta que eres argentino
    Aplauso doble
    beso

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